Abrazamos una visión cívica de la felicidad, la paz y la concordia donde la responsabilidad, individual y colectiva, ha de ser el factor clave de la convivencia entre personas libres e iguales. En este marco de libertad y convivencia, la responsabilidad de cada persona resulta de su capacidad para pensar y actuar en relación con cuatro aspectos fundamentales: la valoración de los recursos propios (potencialidad), la evaluación de los recursos disponibles en el contexto (posibilidad), el desarrollo de una estrategia de acción (finalidad) y la aceptación de los errores derivados de estas acciones (frustración).

La humildad juega un papel determinante ya que nos ayuda a pensar y a tomar buenas decisiones. Primero, porque a partir de un honesto conocimiento de nuestros propios límites es posible superarlos (sería el desarrollo de la potencialidad apoyado en la autoconsciencia). Segundo, este auto-análisis nos ayuda a reconocer nuestra posición en el mundo y los recursos que a nuestro alcance desde ese lugar concreto del espacio social (el reconocimiento de las posibilidades reales desde la consciencia contextual). Tercero, al afinar la valoración sobre los recursos y las habilidades de las que disponemos podremos emprender, con mayores garantías de éxito, cursos de acción que nos permitan aprovechar las posibilidades que la sociedad nos ofrece y, también, sortear los obstáculos que esta nos plantea (estrategia fundamentada en el reconocimiento optimista).  Finalmente, esto es lo que nos hace verdaderamente libres e iguales, ya que nos permite crecer desde nuestra propia capacidad de acción. Es decir, gobernar nuestro destino. Al mismo tiempo, al liberar a los demás de la culpa que nuestra frustración pudiera proyectar sobre ellos es posible verles con compresión y empatía. Como ciudadanos, libres y responsables de su propio destino.     

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